sábado, 7 de agosto de 2010


El enigma de la
Virgen de Fátima


Por JOSE YOSADIT VON GOETHE


Aún no está claro lo que aconteció en Fátima entre los meses de mayo y octubre de 1917. Para los creyentes y devotos marianos, aquel 13 de mayo se apareció la Virgen María a los pastorcillos Francisco, Jacinta y Lucía, de 9, 6 y 10 años respectivamente. Dos días antes, el 11 de mayo, el Jornal de noticias de Oporto (tal como puede comprobarse en la hemeroteca del mismo) había publicado un anuncio de la sociedad de contactistas y espiritistas de Portugal comunicando que el día 13 acontecería algo que impactaría a la gente.

El 13 de mayo de 1917 los ya mencionados pastorcillos cuidaban ganado en los campos de Cova de Iría, Fátima (Portugal). De súbito, un relámpago les asustó y Lucía, la mayor, ante la inminencia de lo que creía una tormenta, quiso mandar a casa a los otros dos niños, primos de ella. Pero de pronto, sorprendentemente, no estalló tormenta alguna, sino que, en su lugar, los niños vieron cómo bajaba de las alturas, por una especie de rampa de luz, un pequeño ser luminoso, como de un metro de altura, de cabeza redonda, embutido en un sayo blanco y dorado que no le llegaba los pies y que tenía costuras a lo largo y ancho, como si estuviera acolchado. Su espalda la cubría una capa blanca y a la altura del pecho portaba una esfera luminosa. Hablaba sin mover los labios y tampoco movía los pies al desplazarse.

La descripción del ser que se apareció en Fátima a los pastorcillos la copió literalmente la doctora Fina D’Armada, becada por el Instituto de Investigación Científica, de los documentos que se conservan en el archivo secreto del Santuario de Fátima. Los dibujos basados en la descripción que dan estos documentos históricos difieren substancialmente de la imagen que hoy conocemos como la Virgen de Fátima. Los dibujos también coinciden con la descripción de un ser semejante que se dejó ver en la cercana aldea de Nazaret. El resplandeciente y menudo ser les comunicó a los niños de Fátima que todos los días 13 de cada mes, durante seis meses, aparecería en el mismo lugar. Todos los 13 de mes acudieron puntualmente los niños a la cita, a excepción del 13 de agosto en que fueron encarcelados. Dada la voz por todo el contorno, al lugar también acudía una multitud cada vez más nutrida. Entre los documentos del archivo de Fátima, encontró la doctora D’Armada uno que aludía a una cuarta vidente, Carolina Carreira, a quien se le apareció un “niño” como de unos diez años y que no movía los labios al comunicarse con ella. Esta Carolina era hija de María Carreira, persona importante en el asunto de las apariciones y que se responsabilizó de la construcción de la capilla de Cova de Iría.

El día más importante de las apariciones fue el 13 de octubre. Aquel día amaneció lluvioso y continuó lloviendo durante la mañana. Con todo, los tres niños, y con ellos unas setenta mil personas devotas acudieron con sus paraguas al lugar donde por última vez se dejaría ver el extraño ser que la multitud tomaba por la Virgen María. La entidad apareció de nuevo ante los pastorcillos y les comunicó que pronto acabaría la Gran Guerra y los soldados volverían a casa. También les hizo saber que era la “Señora del Rosario” y les dio a conocer tres importantes secretos. Pero tales comunicaciones de tintes proféticos y devotos son vistas por muchos observadores como ingerencias eclesiásticas posteriores al relato de los videntes, lo mismo que la tergiversación sobre el aspecto del ser aparecido y el hecho de hacer creer a las gentes que se trataba de la Virgen. Ninguna de las declaraciones que de los videntes se conservan en archivo de Fátima en absoluto mencionan que la aparición fuera de la Virgen del Rosario. Tal hipótesis fue elaborada más tarde, como lo demuestra la investigadora doctora D’Armada.

Lo más destacado de aquel 13 de octubre fue la llamada “danza del sol”. En un momento dado, Lucía, la mayor de los tres videntes, señaló hacia el astro rey que en aquel momento aparecía entre las nubes. La multitud allí reunida pudo observar cómo aparentemente el sol se convulsionaba y en determinado momento hasta se abalanzó sobre los congregados, temiendo muchos por sus vidas, aunque volvió a su posición inicial. Hubo testigos que presenciaron el fenómeno desde las inmediaciones, como el profesor Almeida Garret, de la Facultad de Ciencias de Coimbra. El profesor Garret, provisto de anteojos, relató: “No era algo esférico como la Luna, ni tenía la misma tonalidad ni los mismos claro-oscuros. Parecía de materia pulida”. Otros testigos señalaron que aquéllo, más que el sol, parecía un “disco metálico o de vidrio”, pero que el sol estaba a mucha más altura. El fenómeno fue observado incluso por personas que se hallaban a unos cuarenta kilómetros de distancia.

La historia que hoy circula en la cristiandad sobre las apariciones de Fátima está escrita por Lucía en 1935, dieciocho años después de los acontecimientos, cuando ya estaba recluída en un convento por orden de la superioridad religiosa. Los investigadores imparciales no dudan de que tal historia ha sido manipulada.
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domingo, 25 de julio de 2010


El enigma de Santiago Apóstol


Por JOSE YOSADIT VON GOETHE


El apóstol Santiago está declarado oficialmente como Patrón de España. La leyenda popular forjada tardíamente por el clero dice que Santiago, uno de los apóstoles de Jesucristo y hermano del evangelista Juan, anduvo predicando en España hacia la segunda mitad de los años treinta y principios de los cuarenta del siglo I. A este Santiago, continúa relatando la leyenda, se le apareció en persona María, la madre del mismo Jesucristo, en la ciudad de Zaragoza. Hay quien interpreta que en realidad no se trató de una aparición o de un fenómeno de proyección o bilocación -por el cual una persona puede estar simultáneamente en dos lugares a la vez, lo cual es contrario a la ciencia-, sino de una visita que la propia María realizó a España para animar a Santiago en su predicación. De ser cierto esto, María tendría que haber venido acompañada del apóstol Juan, hermano de Santiago, ya que se cree que fue a Juan a quien Jesús, antes de morir, le encomendó el cuidado de su madre. Y ya es raro que la tradición hable del hipotético viaje a España de Santiago y de María, pero guarde al respecto completo silencio sobre el apóstol Juan, quien estaba al cuidado de la madre de su Maestro.

Dando por sentado que los relatos neotestamentarios sean históricos y no se traten, como argumentan algunos, de ficciones creadas durante el tiempo del emperador Constantino, en el siglo IV, la gira de Santiago a España choca con la decisión de los apóstoles de no ir a predicar ellos mismos a las gentes de las naciones. Pablo escribe en su epístola a los Gálatas que había sido comisionado por Jesucristo para predicar a los incircuncisos o gentiles, tal como Pedro y los demás apóstoles habían sido comisionados para predicar a los circuncisos o judíos. Esto fue ratificado en la reunión que Pablo mantuvo con los apóstoles en Jerusalén, donde se confirmó que Pablo fuera a predicar a los gentiles, en tanto que los de Judea se limitarían a predicar únicamente a los seguidores de la Ley de Moisés. Ya el mismo Jesucristo les había dicho a los discípulos que fueran primero a las ovejas de la casa de Israel, y esto lo mantuvieron firme, excepción hecha de la conversión del centurión Cornelio por Pedro, durante los años anteriores a la aparición en escena de Pablo, el Saulo que se convirtió al cristianismo. Por tanto, la predicación del apóstol Santiago estaba limitada a los judíos y no podía en modo alguno predicar en las naciones gentiles o no judías, como era el caso de la remota España.

El único que pudo haber tenido ocasión de alcanzar las costas de la península ibérica fue el apóstol de los gentiles Pablo de Tarso. Al menos ésa era su aspiración, tal como escribió en su epístola a los romanos. Lo más probable es que Pablo no consiguiera finalmente llegar a España, ya que su apresamiento en Roma se lo impidió. Con todo, el padre eclesiástico Clemente, que, según listados de Eusebio de Cesarea e Ireneo de Lyon, fue obispo de Roma hacia finales del siglo I, escribió que Pablo había llegado hasta “el límite de Occidente”, entendiendo no pocos teólogos que tal límite podría referirse a España. En lo referente a la predicación de Santiago en España, nada comentan los escritos neotestamentarios, ni los Hechos apostólicos, ni las epístolas de Pablo, ni las de Pedro, ni las de Juan. Tal silencio resulta de lo más extraño, pues, de haber sido el caso, hubiera sido relatado sin rodeos en los precitados escritos, tal como se relató en los Hechos de Apóstoles, aunque muy de pasada, la muerte del propio Santiago a manos del rey Herodes Agripa, martirio acaecido antes de mediados de los años cuarenta de aquel primer siglo. Lógicamente, su cuerpo hubo de ser enterrado en la misma Jerusalén o en sus inmediaciones, si bien la leyenda pretende asegurar que el cuerpo decapitado del apóstol fue llevado por mar hasta Galicia, donde recibió cristiana sepultura.
En la Catedral de Santiago de Compostela se custodian unos huesos que presumiblemente son los del apóstol Santiago y dos de sus colaboradores; ello, basándose en supuestos testimonios anteriores a la Edad Media y en que a finales del siglo XIX los médicos que estudiaron dichos huesos aseguraron que eran muy antiguos, tal vez de humanos que bien pudieron haber vivido en el siglo I. Un estudio actual de su datación por medio de la técnica del carbono 14 resolvería las dudas; pero se teme enfrentarse a las pruebas concluyentes que arroje tal estudio. La Iglesia adelanta que, aun analizándose los huesos de Compostela y demostrándose que sean muy posteriores al primer siglo, la devoción compostelana no mermaría ni un ápice, pues el pueblo devoto anda por fe y no por evidencias. En opinión de la Iglesia, la autenticidad o no autenticidad de unos huesos no impide que el pueblo llano de España considere a Santiago como símbolo imperecedero de victoria y libertad. Los huesos tan solo son circunstanciales y hasta pudieran desaparecer algún día; pero el espíritu, el mensaje, la esencia, es lo que permanece y eso es lo único que parece importarle al pueblo, aun si se demostrara que Santiago jamás estuvo en España.


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lunes, 19 de julio de 2010


¿Llegó o no llegó el amo Jesucristo?


Por JOSE YOSADIT VON GOETHE


El Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová, surgido de la Sociedad americana impresora de biblias y literatura religiosa Watchtower, se ha constituído como el vocero oficial y representante del llamado “esclavo fiel y discreto” o resto del grupo que denominan de “cristianos ungidos“ que aún quedan en la tierra y que al morir esperan ser llevados al Reino de los cielos. Este grupo de cristianos ungidos, según los teólogos watchtowerianos deducen del Apocalipsis, consta literalmente de un total 144.000 miembros –contados desde los tiempos apostólicos del Pentecostés en el año 33 de nuestra era-, de los que en la tierra viven hoy menos del siete por ciento. De acuerdo también con la doctrina original de la Watchtower, que en la actualidad imparte y dirige el Cuerpo Gobernante, el grupo de cristianos no ungidos o “gran muchedumbre” u “otras ovejas” heredará la porción terrestre del Reino de Dios o la tierra hecha un paraíso.

Afirma el Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová que, en éstos que señala como tiempos del fin, se espera la llegada del hijo del hombre, Jesucristo; pero éste en realidad aún no ha llegado, y por esa razón continúan los testigos celebrando cada 14 de Nisán la que se conoce como Cena del Señor, ceremonia en la que únicamente los que se dicen ungidos pueden participar del pan y del vino, mientras que los no ungidos únicamente asisten como observadores, sin participar de los emblemáticos productos del trigo y de la vid. El órgano oficial y doctrinal de los ungidos de la Watchtower, la revista La Atalaya, en su edición de estudio del 15 de marzo de 2010, página 27, bajo el subtítulo “¿Quiénes deben participar del pan y del vino?”, expone:

“Pablo… dirigiéndose a los cristianos ungidos, dijo: ‘Porque, cuantas veces coman este pan y beban esta copa, siguen proclamando la muerte del Señor hasta que él llegue’ (1 Corintios 11:26). ¿Cuándo llega el Señor? Cuando vuelve para llevarse al cielo al último miembro de su novia simbólica, la congregación ungida”.

Así que ésa es la razón por la que los que se designan ungidos continúan celebrando anualmente la Cena del Señor y participando de ella, debido a que Jesucristo aún no ha llegado. Cuando llegue, es decir, después de que se lleve al cielo al último de los ungidos, ya no será necesario celebrar la Cena del Señor. Lógicamente, si ya no hay participantes en la mesa, huelga la cena. Pero, como aún quedan varios miles de ungidos participando de este ceremonioso y simbólico banquete anual, eso significa para los doctores de la ley de la Watchtower que el Señor Jesucristo no ha llegado todavía.

Así pues, tenemos por un lado que el Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová, a través de la editora Watchtower, afirma categóricamente que “el Señor aún no ha llegado”, pues de otro modo no se celebraría ya su Cena. Sin embargo, por otro lado asegura que “el Señor sí ha llegado” y que tal llegada causó que el esclavo fiel y discreto o resto de los cristianos ungidos fuera nombrado por su amo Jesucristo sobre todos sus bienes terrestres, que es como se aplican los mismos ungidos el texto de Mateo 24:45-47, texto que es la base de la subsistencia de la entera organización de los testigos de Jehová, donde se lee:

“¿Quién es, verdaderamente, el esclavo fiel y discreto a quien su amo nombró sobre sus domésticos para darles su alimento al tiempo apropiado? ¡Feliz es aquel esclavo si su amo, al llegar, lo hallara haciéndolo así! En verdad les digo, lo nombrará sobre todos sus bienes”.

El texto dice claramente: “…su amo, al llegar…” Es decir, que, según este pasaje evangélico, el Cuerpo Gobernante entiende que Jesús sí llegó y que lo hizo precisamente en 1918, tal como afirman numerosas publicaciones de la Watchtower. Al llegar el amo Jesucristo, siempre según la Watchtower, nombró al año siguiente, tras la oportuna inspección, como su “organización de Dios en la tierra” o “único canal de comunicación con Dios” al conjunto de los entonces conocidos como “Estudiantes Internacionales de la Biblia” asociados con la propia Watchtower, todos ellos pertenecientes al grupo de los ungidos. Para poder defender este nombramiento, afirma el Cuerpo Gobernante que Jesucristo sí llegó realmente (según el texto bíblico “su amo, al llegar…”). Mas, para poder continuar con la ceremonia anual de la Cena del Señor y captar más adherentes para la organización con el anuncio alarmista del inminente fin del sistema político y religioso mundial, el amo Jesucristo no ha llegado todavía. A lo sumo, “está presente”.

En el primer caso, es decir, para apoyar el nombramiento del grupo de cristianos ungidos como organización de Dios en 1919 (entonces no existía como tal el Cuerpo Gobernante), afirma la Watchtower que el amo Jesucristo sí llegó; o sea, aquí se trata de una clara “llegada”. Sin embargo, en el segundo caso, esto es, para continuar con la Cena del Señor, captando de paso más adeptos a la causa watchtoweriana, habla de la “presencia” del amo, la cual dice que aconteció en el año 1914, al estar Jesucristo “invisiblemente presente en su Reino”. Así que aduce el Cuerpo Gobernante, como ya antes había establecido la organización de la Watchtower, que “el amo Jesucristo está presente, pero no ha llegado”, aunque para la conveniencia del nombramiento como organización de Dios sí que ha llegado, pues, si no hubiera llegado, no habría nombrado como su canal de comunicación o su organización en la tierra al grupo de ungidos de la Watchtower existente al tiempo de la hipotética llegada e inspección del amo.

Los textos de Mateo 24:45-47, y el del Apóstol Pablo en 1 Corintios 11:26, especifican el verbo “llegar” y no otro en las expresiones “el amo, al llegar” y “hasta que él llegue”. Pero es de observar que el Cuerpo Gobernante introduce un nuevo concepto: dice que el Señor llega “cuando vuelve para llevarse al cielo al último miembro…” Es decir, que con la expresión “vuelve” da a entender que el amo Jesucristo viene dos veces en el tiempo del fin, cuando está claro que el evangelio indica que viene una sola vez en dicho tiempo, y no dos veces. Por lo tanto, está claro que, tanto la Watchtower como el Cuerpo Gobernante de los testigos de Jehová, confunden las mentes de sus adeptos embrollando los términos “presencia”, “llegada” y “vuelta”, afirmando por un lado que el amo Jesucristo está presente desde 1914, pero que llegó en 1918 para nombrar como su administrador terrestre al grupo compuesto de cristianos ungidos de la Watchtower, y por otro lado, haciendo ver que el amo no llegó aún, pero que vuelve, y por eso continúan celebrando los testigos de Jehová la Cena del Señor todos los años. Verdaderamente, un contrasentido que los testigos del montón aceptan sin razonar y sin rechistar, tal como otros grupos admiten dogmáticamente el misterio de la Santísima Trinidad.
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martes, 6 de julio de 2010


¿Existieron los llamados
“padres apostólicos”? (2)


Por JOSE YOSADIT VON GOETHE



El pionero en citar de las cartas y escritos de los Padres de la Iglesia es Eusebio de Cesarea, que lo hace en su Historia Eclesiástica, redactada en los años veinte del siglo IV. Tales padres eclesiásticos habrían vivido entre los siglos I al III, concretamente hasta mediados de ese último siglo, quedando en la historia de Eusebio un inexplicable vacío de padres de más de medio siglo desde la muerte del último, Cipriano de Cartago. De haber continuado Eusebio con la lista de los padres, alguno de éstos, hipotéticamente, hubiera alcanzado vivo los tiempos de aquél, lo que probablemente no convenía para su historia, dado que el viviente pudiera testificar de la no veracidad de los escritos de Eusebio.

Probablemente el lector argüirá que, antes de Eusebio, hubo padres eclesiásticos que citaban de los escritos de otros e incluso se cruzaban correo. Es aparentemente cierto. El padre apostólico Ignacio de Antioquía, por ejemplo, escribe una carta a Policarpo, otro padre apostólico. De igual manera hay padres que se citan unos a otros en sus escritos. No obstante, no existen datos seglares que corroboren la existencia de estos padres que menciona Eusebio; tan solo aparecen en la Historia Eclesiástica que alumbró el de Cesarea, mezclando a modo de novela histórica tales personajes con otros de los que sí está demostrado que existieron, como los emperadores. Y dado que Eusebio incluyó evidentes falsedades en su historia, probablemente a propósito para alertar al lector de que el resto caía en la misma categoría, no faltan eruditos, y cada vez hay más, que argumenten que la entera Historia Eclesiástica de Eusebio es invención suya, por lo que las cartas de los llamados padres y otros escritos que se relacionan con cuanto el de Cesarea expone en la obra que pretende hacer pasar por histórica, también se deberían a su pluma. De ahí el que unos padres se citen a otros, como si se conocieran entre ellos, a pesar de la distancia que los separaba. Esto ya de por sí pone en evidencia los relatos eusebianos por aquello de que, “explicación no pedida, acusación manifiesta”.

Los padres apostólicos a los que da vida Eusebio son: 1) Clemente, tercer obispo de Roma después de Lino y Cleto. A este Clemente, que Eusebio cita como colaborador del apóstol Pablo, se le atribuye una Carta a los Corintios que aún se conserva. El escritor del siglo III, Ireneo de Lyon, precisamente discípulo de Policarpo y uno de los personajes de la Historia Eclesiástica de Eusebio, dice que Clemente conoció personalmente a algunos apóstoles antes de ser nombrado obispo de Roma.

2) Ignacio de Antioquía. Eusebio relata que Ignacio era conducido encadenado a Roma para ser pasto de las fieras y que durante el camino escribió varias cartas, citando constantemente en ellas textos de las Sagradas Escrituras. Una de esas misivas iba dirigida a Policarpo, obispo de Esmirna. En sus cartas anima a someterse principalmente al obispo de Roma. Los estudiosos no se explican cómo Ignacio pudo haber escrito tan prolíficamente en esa angustiosa situación y, lo que es aún más misterioso, cómo pudo portar con él la ingente cantidad de rollos de las Sagradas Escrituras que se supone que debía llevar consigo para poder acometer la epistolar empresa.

3) Policarpo de Esmirna, de quien Ireneo de Lyon fue discípulo, según éste relata, pero que tanto el uno como el otro cobran vida gracias a Eusebio de Cesarea. Atribuída a Policarpo se conserva una carta a los filipenses, de las varias que se dice que escribió.

4) Papías de Hierápolis, de quien Eusebio argumenta que escribió las “Explicaciones de la palabra del Señor” y de quien Ireneo, personaje de Eusebio, también cita en los escritos que el mismo Eusebio le atribuye.

5) Los autores anónimos de la Epístola de Bernabé, el Pastor de Hermas y la Didajé o Doctrina de los Doce Apóstoles. La Didajé viene a ser un catecismo o manual de la doctrina cristiana, estimado por algunos como del siglo I. Eusebio manifiesta que estos escritos han de considerarse como espurios o no divinamente inspirados, lo mismo que el Apocalipsis de Juan, del que deja libertad de consideración.

Todos estos escritos de los padres apostólicos, al igual que los de los apologetas que menciona Eusebio, como Justino y Teófilo, tienen en común el mismo estilo de redacción y hasta las mismas muletillas, extensibles incluso a los evangelios y los escritos apostólicos, como si todos se debieran a una sola y misma mano.

Es significativo que Eusebio considere padres de la Iglesia a los de Roma y no a los de Jerusalén, que a su decir tuvo quince pastorados, todos hebreos. Evidentemente, Eusebio defiende la causa romana y no la judía, a cuyo pueblo y no al romano carga la muerte de Jesucristo. No obstante, es más que probable que, tanto los padres de Jerusalén, como los de Roma, no sean más que una ficción del fecundo autor de la Historia Eclesiástica, con el propósito de establecer unas bases más o menos creíbles sobre las que edificar la organización religiosa concebida en el siglo IV por el cabeza del Imperio Romano.

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lunes, 21 de junio de 2010

Eusebio de Cesarea

¿Existieron los llamados
“padres apostólicos”? (1)


Por JOSE YOSADIT VON GOETHE



Eusebio de Cesarea, en el capítulo 8 de su tercer libro de la “Historia Eclesiástica”, bajo el epígrafe “Acerca de las señales anteriores a la guerra”, transcribe del libro VII y capítulo XII de la obra “Guerra de los Judíos” del historiador Josefo las siguientes palabras: “Una vaca que el sumo sacerdote llevaba para el sacrificio parió un cordero en medio del Templo”. Eusebio, con el término “vaca”, suaviza un poco la expresión de Josefo, quien habla de “un buey que parió un cordero”. Con todo, cualquier mente sensata no puede permitirse en modo alguno creer en tal extravagante pasaje. No obstante, Eusebio sí cree en él y por eso lo cita en su Historia Eclesiástica. ¿O realmente no cree y previene al lector de que el resto de sus escritos son tan ciertos como el relato de la vaca o el buey que parió un cordero en medio del Templo judío? Leyendo a Josefo y a Eusebio, el lector, a pesar de que algunos de los asuntos relatados deben de ser ciertos, percibe que está ante los mayores embusteros de la historia, aparte de los que nos colaron los sacros relatos hebreos anteriores a los tiempos del rey Josías, del que las crónicas antiguas documentan que reinó en Judá en el siglo VII antes de nuestra era.

Ya Eusebio nos encaja, en el capítulo 13 del primer libro de su famosa historia, la leyenda del soberano Abgaro de Edesa, que escribió una carta a Jesucristo pidiéndole que lo sanara de su grave dolencia, a lo cual el propio Cristo le contestó con otra misiva comunicándole que a su debido tiempo le mandaría a uno de sus discípulos a sanarlo. Eusebio menciona que encontró la historia de las cartas cruzadas entre el rey Abgaro y Jesucristo en los archivos de la ciudad de Edesa. Esta disparatada narración fue creída a pies juntillas durante siglos, hasta que un grupo de investigadores imparciales descubrió que era falsa debido a que el propio Eusebio pone a propósito en boca de Jesús el siguiente dicho: “Porque de mí está escrito que los que me han visto no crean, para que también los que no me han visto crean…” Está claro que Eusebio previene con esta frase de que el relato es falso, ya que Jesucristo no pudo haber dicho semejante cosa mientras vivía, pues todo lo que fue escrito acerca de su vida y hechos se redactó muchas décadas después de su muerte y, por tanto, en su tiempo aún no existía registro alguno sobre su actividad. Esta disimulada alerta de Eusebio posiblemente se deba a que se vio obligado a escribir su Historia Eclesiástica en aras de la nueva religión unificada que el emperador Constantino acabaría por implantar durante el Concilio de Nicea, en el año 325, y que el emperador Teodosio impuso bajo pena de muerte en el 396.

Antes de Eusebio, es decir, durante los siglos I al III, no existe compilación alguna de la historia de la Iglesia, organización cuya capitalidad el escritor de Cesarea ubica en Roma, el corazón del Imperio, en detrimento de la Iglesia de Jerusalén, la presunta cuna del cristianismo. A este respecto Eusebio escribe que “somos los primeros en entrar en esta labor” y da a conocer la lista de los primeros obispos de Roma y los padres apostólicos y apologetas que defendieron a la Iglesia con sus escritos, muy similares entre sí, en los cuales unos escritores se citan a otros, lo que por sí mismo induce a sospechas de falsificación documental. De tales padres apostólicos y apologetas únicamente se conocen los escritos y algunos datos biográficos que Eusebio les atribuye en su Historia Eclesiástica; pero, secularmente, nada se sabe acerca de su real existencia. Eusebio lista los padres eclesiásticos hasta Cipriano de Cartago, supuestamente fallecido en el año 258. Después de éste, ya no menciona a más padres. Insólitamente, para el tiempo de Eusebio no había ningún padre eclesiástico vivo que pudiera testificar sobre la veracidad o no veracidad de cuanto escribía el de Cesarea. Da la impresión de que los personajes patrísticos son creación de la pluma de Eusebio, tal como Don Quijote y Sancho Panza lo son de la pluma de Cervantes.

No faltan voces que se pronuncian, no sin evidencias, en el sentido de que numerosos escritos atribuídos a los padres eclesiásticos sufrieron alteraciones y correcciones retrospectivas a lo largo de los siglos para ajustar las creencias de aquéllos a los nuevos dogmas y así poder dar al adepto aparente fe de la genuinidad y antigüedad de las doctrinas. Los llamados “Padres” están considerados como los “testigos privilegiados de la tradición de la Iglesia” y se catalogan en: 1) “Padres apostólicos” o que presuntamente vivieron más cerca del tiempo de los apóstoles, como Clemente de Roma (tercer papa), Ignacio de Antioquía, Policarpo, Papías y los anónimos escritores de la “Didajé”, la “Carta de Bernabé” y el “Pastor de Hermas”. 2) “Padres apologetas”, que defendieron las doctrinas frente a sus opositores. Entre los más destacados figuran: Arístides, Justino, Taciano, Teófilo, Atenágoras y el autor del “Discurso a Diogneto”. 3) Otros padres escritores, como: Ireneo, Tertuliano, Orígenes y Cipriano. De todos ellos pretende testificar Eusebio, que no la historia seglar.
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domingo, 23 de mayo de 2010



¿Conocieron los apóstoles
el bautismo trinitario? (2)


Por JOSE YOSADIT VON GOETHE



En el evangelio de Mateo 28:19 y 20, leemos: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a observar todo lo que yo os he mandado”. El escritor y padre de la Iglesia Eusebio de Cesarea cita siete veces de este pasaje en su obra “Demostración evangélica”, escrita en el primer tercio del siglo IV, y en ninguna de ellas menciona la expresión “bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Por ejemplo, en la cita del libro III, capítulo 6, refiere: “Con una palabra y voz Él dijo a sus discípulos: Id y haced discípulos de todas las naciones en Mi Nombre, enseñándoles a observar todas las cosas que yo os he mandado”. Los especialistas bíblicos están de acuerdo en que, si el minucioso Eusebio, que con tanto detalle solía citar de las Escrituras, no menciona esta parte del pasaje evangélico, es porque en su tiempo no figuraba en los manuscritos. Tal es la primera razón que aducen muchos doctos para aseverar que esta parte del texto evangélico de Mateo es espurio, lo mismo que el pasaje de la primera epístola de Juan, 5: 7 y 8, donde hasta no hace mucho tiempo aparecía en nuestras biblias la frase trinitaria “el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”, que ha sido borrada debido a que no figura en los códices más antiguos.

Una segunda razón que hace suponer que la parte trinitaria del texto de Mateo 28: 19 y 20 es un añadido espurio reside en el hecho de que en la copia del evangelio hebreo de Mateo recopilada en el siglo XII por el erudito judío Shem Tov no aparece la expresión “bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Es bien sabido que existió un evangelio escrito en hebreo y atribuído a Mateo. Jerónimo lo menciona en el siglo IV cuando tradujo la Biblia al latín y recalca que el manuscrito se hallaba en la biblioteca de Cesarea. Es muy probable que Shem Tov se sirviera de una copia de este evangelio hebreo para compilar el que hoy se conserva. Aunque no faltan eclesiásticos que afirmen que este evangelio es una falsificación, sin embargo el relato es muy semejante al que conocemos del evangelio tradicional de Mateo, aparte de que se ajusta a las citas de Eusebio al no mencionar el bautismo ni la fórmula trinitaria. Los doctos judíos que han estudiado la copia de este evangelio de Mateo recopilado por Shem Tov están de acuerdo en que sigue fielmente los cánones de los antiguos escritores hebreos, particularmente en lo relativo a la Guematría o ciencia numérica de las palabras. El Instituto Gal Enai de Israel define así la Guematría: “En hebreo, cada letra posee un valor numérico. La Guematria es el cálculo de la equivalencia numérica de las letras, palabras o frases, y sobre esta base lograr un aumento de la comprensión de la interrelación entre los diferentes conceptos y explorar la relación entre palabras e ideas”. Así, por ejemplo, el tetragrámaton del nombre divino con las letras que en griego se traducen como YHWH equivale a 26, ya que sus caracteres suman 10+5+6+5.

Pero la razón y prueba definitiva del gazapo textual del evangelio de Mateo 28:19 estriba en que los apóstoles no bautizaron ni mandaron bautizar en el nombre de tres personas, sino únicamente en el nombre de Jesús el Cristo. Por ejemplo, en el libro de Hechos de los Apóstoles hallamos, entre otros, los textos siguientes: “Pedro les contestó: arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesús el Cristo” (Hechos 2:38). “Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús” (Hechos 10:48). “Fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús” (Hechos 19:5). Pablo mismo escribió al respecto: “Todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados en su muerte” (Romanos 6:3,4). Y también: “Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gálatas 3:27). Si los apóstoles estuvieran al tanto de que había que bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, no cabe duda de que así lo hubieran hecho. Pero únicamente bautizaron en el nombre de Jesús.

Argumento aplastante son los textos evangélicos finales y paralelos al de Mateo 28:19 y 20, que dicen: “Y que se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén”. (Lucas 24:47). “Y les dijo: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Marcos 16:15 y 16). En ninguno de estos dos pasajes finales de los evangelios de Lucas y de Marcos se hace referencia a un bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Tan solo el pasaje añadido por los trinitarios al evangelio de Mateo desentona con los correspondientes de Marcos, Lucas y los Hechos apostólicos que relatan que los apóstoles tan solo bautizaban en el nombre de Cristo Jesús. Por lo tanto, de los mismos evangelios se deduce que los apóstoles jamás conocieron el bautismo trinitario o en el nombre de tres diferentes personas; y por ende, tampoco en el nombre de ninguna organización religiosa.


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sábado, 15 de mayo de 2010


En el evangelio de los hebreos recopilado por Shem Tov en el siglo XII no figura el bautismo ni la fórmula trinitaria del mismo.
¿Conocieron los apóstoles
el bautismo trinitario? (1)


Por JOSE YOSADIT VON GOETHE


En la primera epístola de Juan, capítulo 5 y versículos 7 y 8, se ha leído tradicionalmente durante siglos el texto siguiente: “Tres son los que dan testimonio: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno”. Sin embargo, cuando en el siglo veinte comenzaron los eruditos a traducir directamente de los códices griegos más antiguos, de los que supuestamente se había tomado el precitado pasaje, se encontraron con la sorpresa de que allí no se mencionaba para nada al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; sino que, en lugar de ello, la frase decía textualmente: “Tres son los que dan testimonio: el espíritu, el agua y la sangre, y los tres convienen en lo mismo”. Evidentemente, la trinitaria Iglesia había adulterado el texto, posiblemente después de los tiempos de Jerónimo, autor de la oficial Vulgata latina. Las biblias protestantes, por tanto, tras su separación de la iglesia madre, llevaron impresa la misma adulteración literaria en la epístola de Juan. En la actualidad todas las versiones bíblicas, más acordes con los códices griegos, presentan corregido este concreto pasaje.

Sin embargo, no ha sucedido lo mismo con el texto del evangelio de Mateo en su capítulo 28 y versículos 19 y 20, donde hoy leemos: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándolas a observar todo lo que yo os he mandado”. Este pasaje sí figura en los códices griegos más antiguos, como el Vaticanus y el Sinaíticus (del siglo IV), si bien los rayos ultravioleta han detectado ciertas anomalías en este último manuscrito, al observarse que se han añadido pasajes en muchos lugares, al tiempo que se han borrado textos antiguos y escrito encima de ellos otros muy distintos para ajustarlos a las doctrinas eclesiásticas en boga. Es de observar que el códice Sinaíticus no menciona en absoluto multitud de textos que hoy recogen nuestras biblias (y que otros códices posteriores sí insertan), como los del evangelio de Lucas comprendidos entre los capítulos y versículos 9:51 a 18:14, aparte de otros muchos. Según los doctos, el evangelio de Lucas fue rellenado con textos recogidos del de Mateo, así como con ciertos añadidos, entre los que destaca la parábola del hijo pródigo.

El pasaje del evangelio de Mateo 28:19 con la expresión “bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” está considerado por muchos analistas bíblicos tan espurio y trinitario como el que con justa razón fue suprimido de la epístola primera de Juan. Tres razones hacen llegar a esta conclusión; la primera es que el padre de la Iglesia, Eusebio de Cesarea, autor de la famosa Historia Eclesiástica, no la menciona en sus escritos cuando cita varias veces de este concreto pasaje del evangelio de Mateo, lo cual es sumamente raro en un escritor tan cuidadoso de los detalles bíblicos. La segunda razón es que en la copia del evangelio hebreo de Mateo recopilada de un manuscrito más antiguo en el siglo XIV por el médico judío Shem Tov no aparece la expresión bautismal ni trinitaria. El propio Jerónimo, que tradujo la Biblia al latín en el siglo IV, habla del evangelio hebreo de Mateo, cuyo original se hallaba en la biblioteca de Cesarea, según manifiesta. Y la tercera y definitiva razón es que los apóstoles no bautizaron ni mandaron bautizar en el nombre de las tres personas trinitarias, sino únicamente en el nombre de Jesús el Cristo, como se lee en los Hechos apostólicos.

Vayamos con la primera de las tres razones, la de que Eusebio de Cesarea no menciona el bautismo ni la fórmula bautismal trinitaria cuando cita de la porción que nos ocupa del evangelio de Mateo. Así, por ejemplo, en su obra “Demostración evangélica”, hallamos siete citas de Mateo 28:19 y 20 y en ninguna de ellas habla siquiera del bautismo. Siendo el bautismo algo tan básico en el cristianismo, no se entiende cómo Eusebio no lo incluye al citar, nada menos que siete veces en tan solo una de sus obras, del famoso pasaje evangélico de Mateo. Los especialistas bíblicos están de acuerdo en que, si Eusebio no menciona esta parte del pasaje evangélico, es porque en su tiempo no figuraba en los manuscritos.

He aquí dos de las citas de Eusebio: “Con una palabra y voz Él dijo a sus discípulos: ‘Id y haced discípulos de todas las naciones en Mi Nombre, enseñándoles a observar todas las cosas que yo os he mandado’” (Demostración evangélica, libro III, capítulo 6). La segunda cita: “’Id vosotros y haced discípulos de todas las naciones, enseñándoles que observen todas las cosas, las cuales yo os he mandado’. ¿A qué podría referirse Él sino a la enseñanza y disciplina del nuevo pacto?’” (Demostración evangélica, libro I, capítulo 5, 9). Así, pues, en ninguna de las citas que de Mateo 28:19 y 20 hace el padre de la Iglesia Eusebio de Cesarea figura la conocida fórmula trinitaria del bautismo que en nuestros evangelios leemos con la expresión “bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

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