martes, 6 de julio de 2010


¿Existieron los llamados
“padres apostólicos”? (2)


Por JOSE YOSADIT VON GOETHE



El pionero en citar de las cartas y escritos de los Padres de la Iglesia es Eusebio de Cesarea, que lo hace en su Historia Eclesiástica, redactada en los años veinte del siglo IV. Tales padres eclesiásticos habrían vivido entre los siglos I al III, concretamente hasta mediados de ese último siglo, quedando en la historia de Eusebio un inexplicable vacío de padres de más de medio siglo desde la muerte del último, Cipriano de Cartago. De haber continuado Eusebio con la lista de los padres, alguno de éstos, hipotéticamente, hubiera alcanzado vivo los tiempos de aquél, lo que probablemente no convenía para su historia, dado que el viviente pudiera testificar de la no veracidad de los escritos de Eusebio.

Probablemente el lector argüirá que, antes de Eusebio, hubo padres eclesiásticos que citaban de los escritos de otros e incluso se cruzaban correo. Es aparentemente cierto. El padre apostólico Ignacio de Antioquía, por ejemplo, escribe una carta a Policarpo, otro padre apostólico. De igual manera hay padres que se citan unos a otros en sus escritos. No obstante, no existen datos seglares que corroboren la existencia de estos padres que menciona Eusebio; tan solo aparecen en la Historia Eclesiástica que alumbró el de Cesarea, mezclando a modo de novela histórica tales personajes con otros de los que sí está demostrado que existieron, como los emperadores. Y dado que Eusebio incluyó evidentes falsedades en su historia, probablemente a propósito para alertar al lector de que el resto caía en la misma categoría, no faltan eruditos, y cada vez hay más, que argumenten que la entera Historia Eclesiástica de Eusebio es invención suya, por lo que las cartas de los llamados padres y otros escritos que se relacionan con cuanto el de Cesarea expone en la obra que pretende hacer pasar por histórica, también se deberían a su pluma. De ahí el que unos padres se citen a otros, como si se conocieran entre ellos, a pesar de la distancia que los separaba. Esto ya de por sí pone en evidencia los relatos eusebianos por aquello de que, “explicación no pedida, acusación manifiesta”.

Los padres apostólicos a los que da vida Eusebio son: 1) Clemente, tercer obispo de Roma después de Lino y Cleto. A este Clemente, que Eusebio cita como colaborador del apóstol Pablo, se le atribuye una Carta a los Corintios que aún se conserva. El escritor del siglo III, Ireneo de Lyon, precisamente discípulo de Policarpo y uno de los personajes de la Historia Eclesiástica de Eusebio, dice que Clemente conoció personalmente a algunos apóstoles antes de ser nombrado obispo de Roma.

2) Ignacio de Antioquía. Eusebio relata que Ignacio era conducido encadenado a Roma para ser pasto de las fieras y que durante el camino escribió varias cartas, citando constantemente en ellas textos de las Sagradas Escrituras. Una de esas misivas iba dirigida a Policarpo, obispo de Esmirna. En sus cartas anima a someterse principalmente al obispo de Roma. Los estudiosos no se explican cómo Ignacio pudo haber escrito tan prolíficamente en esa angustiosa situación y, lo que es aún más misterioso, cómo pudo portar con él la ingente cantidad de rollos de las Sagradas Escrituras que se supone que debía llevar consigo para poder acometer la epistolar empresa.

3) Policarpo de Esmirna, de quien Ireneo de Lyon fue discípulo, según éste relata, pero que tanto el uno como el otro cobran vida gracias a Eusebio de Cesarea. Atribuída a Policarpo se conserva una carta a los filipenses, de las varias que se dice que escribió.

4) Papías de Hierápolis, de quien Eusebio argumenta que escribió las “Explicaciones de la palabra del Señor” y de quien Ireneo, personaje de Eusebio, también cita en los escritos que el mismo Eusebio le atribuye.

5) Los autores anónimos de la Epístola de Bernabé, el Pastor de Hermas y la Didajé o Doctrina de los Doce Apóstoles. La Didajé viene a ser un catecismo o manual de la doctrina cristiana, estimado por algunos como del siglo I. Eusebio manifiesta que estos escritos han de considerarse como espurios o no divinamente inspirados, lo mismo que el Apocalipsis de Juan, del que deja libertad de consideración.

Todos estos escritos de los padres apostólicos, al igual que los de los apologetas que menciona Eusebio, como Justino y Teófilo, tienen en común el mismo estilo de redacción y hasta las mismas muletillas, extensibles incluso a los evangelios y los escritos apostólicos, como si todos se debieran a una sola y misma mano.

Es significativo que Eusebio considere padres de la Iglesia a los de Roma y no a los de Jerusalén, que a su decir tuvo quince pastorados, todos hebreos. Evidentemente, Eusebio defiende la causa romana y no la judía, a cuyo pueblo y no al romano carga la muerte de Jesucristo. No obstante, es más que probable que, tanto los padres de Jerusalén, como los de Roma, no sean más que una ficción del fecundo autor de la Historia Eclesiástica, con el propósito de establecer unas bases más o menos creíbles sobre las que edificar la organización religiosa concebida en el siglo IV por el cabeza del Imperio Romano.

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lunes, 21 de junio de 2010

Eusebio de Cesarea

¿Existieron los llamados
“padres apostólicos”? (1)


Por JOSE YOSADIT VON GOETHE



Eusebio de Cesarea, en el capítulo 8 de su tercer libro de la “Historia Eclesiástica”, bajo el epígrafe “Acerca de las señales anteriores a la guerra”, transcribe del libro VII y capítulo XII de la obra “Guerra de los Judíos” del historiador Josefo las siguientes palabras: “Una vaca que el sumo sacerdote llevaba para el sacrificio parió un cordero en medio del Templo”. Eusebio, con el término “vaca”, suaviza un poco la expresión de Josefo, quien habla de “un buey que parió un cordero”. Con todo, cualquier mente sensata no puede permitirse en modo alguno creer en tal extravagante pasaje. No obstante, Eusebio sí cree en él y por eso lo cita en su Historia Eclesiástica. ¿O realmente no cree y previene al lector de que el resto de sus escritos son tan ciertos como el relato de la vaca o el buey que parió un cordero en medio del Templo judío? Leyendo a Josefo y a Eusebio, el lector, a pesar de que algunos de los asuntos relatados deben de ser ciertos, percibe que está ante los mayores embusteros de la historia, aparte de los que nos colaron los sacros relatos hebreos anteriores a los tiempos del rey Josías, del que las crónicas antiguas documentan que reinó en Judá en el siglo VII antes de nuestra era.

Ya Eusebio nos encaja, en el capítulo 13 del primer libro de su famosa historia, la leyenda del soberano Abgaro de Edesa, que escribió una carta a Jesucristo pidiéndole que lo sanara de su grave dolencia, a lo cual el propio Cristo le contestó con otra misiva comunicándole que a su debido tiempo le mandaría a uno de sus discípulos a sanarlo. Eusebio menciona que encontró la historia de las cartas cruzadas entre el rey Abgaro y Jesucristo en los archivos de la ciudad de Edesa. Esta disparatada narración fue creída a pies juntillas durante siglos, hasta que un grupo de investigadores imparciales descubrió que era falsa debido a que el propio Eusebio pone a propósito en boca de Jesús el siguiente dicho: “Porque de mí está escrito que los que me han visto no crean, para que también los que no me han visto crean…” Está claro que Eusebio previene con esta frase de que el relato es falso, ya que Jesucristo no pudo haber dicho semejante cosa mientras vivía, pues todo lo que fue escrito acerca de su vida y hechos se redactó muchas décadas después de su muerte y, por tanto, en su tiempo aún no existía registro alguno sobre su actividad. Esta disimulada alerta de Eusebio posiblemente se deba a que se vio obligado a escribir su Historia Eclesiástica en aras de la nueva religión unificada que el emperador Constantino acabaría por implantar durante el Concilio de Nicea, en el año 325, y que el emperador Teodosio impuso bajo pena de muerte en el 396.

Antes de Eusebio, es decir, durante los siglos I al III, no existe compilación alguna de la historia de la Iglesia, organización cuya capitalidad el escritor de Cesarea ubica en Roma, el corazón del Imperio, en detrimento de la Iglesia de Jerusalén, la presunta cuna del cristianismo. A este respecto Eusebio escribe que “somos los primeros en entrar en esta labor” y da a conocer la lista de los primeros obispos de Roma y los padres apostólicos y apologetas que defendieron a la Iglesia con sus escritos, muy similares entre sí, en los cuales unos escritores se citan a otros, lo que por sí mismo induce a sospechas de falsificación documental. De tales padres apostólicos y apologetas únicamente se conocen los escritos y algunos datos biográficos que Eusebio les atribuye en su Historia Eclesiástica; pero, secularmente, nada se sabe acerca de su real existencia. Eusebio lista los padres eclesiásticos hasta Cipriano de Cartago, supuestamente fallecido en el año 258. Después de éste, ya no menciona a más padres. Insólitamente, para el tiempo de Eusebio no había ningún padre eclesiástico vivo que pudiera testificar sobre la veracidad o no veracidad de cuanto escribía el de Cesarea. Da la impresión de que los personajes patrísticos son creación de la pluma de Eusebio, tal como Don Quijote y Sancho Panza lo son de la pluma de Cervantes.

No faltan voces que se pronuncian, no sin evidencias, en el sentido de que numerosos escritos atribuídos a los padres eclesiásticos sufrieron alteraciones y correcciones retrospectivas a lo largo de los siglos para ajustar las creencias de aquéllos a los nuevos dogmas y así poder dar al adepto aparente fe de la genuinidad y antigüedad de las doctrinas. Los llamados “Padres” están considerados como los “testigos privilegiados de la tradición de la Iglesia” y se catalogan en: 1) “Padres apostólicos” o que presuntamente vivieron más cerca del tiempo de los apóstoles, como Clemente de Roma (tercer papa), Ignacio de Antioquía, Policarpo, Papías y los anónimos escritores de la “Didajé”, la “Carta de Bernabé” y el “Pastor de Hermas”. 2) “Padres apologetas”, que defendieron las doctrinas frente a sus opositores. Entre los más destacados figuran: Arístides, Justino, Taciano, Teófilo, Atenágoras y el autor del “Discurso a Diogneto”. 3) Otros padres escritores, como: Ireneo, Tertuliano, Orígenes y Cipriano. De todos ellos pretende testificar Eusebio, que no la historia seglar.
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domingo, 23 de mayo de 2010



¿Conocieron los apóstoles
el bautismo trinitario? (2)


Por JOSE YOSADIT VON GOETHE



En el evangelio de Mateo 28:19 y 20, leemos: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, y enseñándolas a observar todo lo que yo os he mandado”. El escritor y padre de la Iglesia Eusebio de Cesarea cita siete veces de este pasaje en su obra “Demostración evangélica”, escrita en el primer tercio del siglo IV, y en ninguna de ellas menciona la expresión “bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Por ejemplo, en la cita del libro III, capítulo 6, refiere: “Con una palabra y voz Él dijo a sus discípulos: Id y haced discípulos de todas las naciones en Mi Nombre, enseñándoles a observar todas las cosas que yo os he mandado”. Los especialistas bíblicos están de acuerdo en que, si el minucioso Eusebio, que con tanto detalle solía citar de las Escrituras, no menciona esta parte del pasaje evangélico, es porque en su tiempo no figuraba en los manuscritos. Tal es la primera razón que aducen muchos doctos para aseverar que esta parte del texto evangélico de Mateo es espurio, lo mismo que el pasaje de la primera epístola de Juan, 5: 7 y 8, donde hasta no hace mucho tiempo aparecía en nuestras biblias la frase trinitaria “el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo”, que ha sido borrada debido a que no figura en los códices más antiguos.

Una segunda razón que hace suponer que la parte trinitaria del texto de Mateo 28: 19 y 20 es un añadido espurio reside en el hecho de que en la copia del evangelio hebreo de Mateo recopilada en el siglo XII por el erudito judío Shem Tov no aparece la expresión “bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. Es bien sabido que existió un evangelio escrito en hebreo y atribuído a Mateo. Jerónimo lo menciona en el siglo IV cuando tradujo la Biblia al latín y recalca que el manuscrito se hallaba en la biblioteca de Cesarea. Es muy probable que Shem Tov se sirviera de una copia de este evangelio hebreo para compilar el que hoy se conserva. Aunque no faltan eclesiásticos que afirmen que este evangelio es una falsificación, sin embargo el relato es muy semejante al que conocemos del evangelio tradicional de Mateo, aparte de que se ajusta a las citas de Eusebio al no mencionar el bautismo ni la fórmula trinitaria. Los doctos judíos que han estudiado la copia de este evangelio de Mateo recopilado por Shem Tov están de acuerdo en que sigue fielmente los cánones de los antiguos escritores hebreos, particularmente en lo relativo a la Guematría o ciencia numérica de las palabras. El Instituto Gal Enai de Israel define así la Guematría: “En hebreo, cada letra posee un valor numérico. La Guematria es el cálculo de la equivalencia numérica de las letras, palabras o frases, y sobre esta base lograr un aumento de la comprensión de la interrelación entre los diferentes conceptos y explorar la relación entre palabras e ideas”. Así, por ejemplo, el tetragrámaton del nombre divino con las letras que en griego se traducen como YHWH equivale a 26, ya que sus caracteres suman 10+5+6+5.

Pero la razón y prueba definitiva del gazapo textual del evangelio de Mateo 28:19 estriba en que los apóstoles no bautizaron ni mandaron bautizar en el nombre de tres personas, sino únicamente en el nombre de Jesús el Cristo. Por ejemplo, en el libro de Hechos de los Apóstoles hallamos, entre otros, los textos siguientes: “Pedro les contestó: arrepentíos y bautizaos en el nombre de Jesús el Cristo” (Hechos 2:38). “Y mandó bautizarles en el nombre del Señor Jesús” (Hechos 10:48). “Fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús” (Hechos 19:5). Pablo mismo escribió al respecto: “Todos los que hemos sido bautizados en Cristo Jesús hemos sido bautizados en su muerte” (Romanos 6:3,4). Y también: “Todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos” (Gálatas 3:27). Si los apóstoles estuvieran al tanto de que había que bautizar en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, no cabe duda de que así lo hubieran hecho. Pero únicamente bautizaron en el nombre de Jesús.

Argumento aplastante son los textos evangélicos finales y paralelos al de Mateo 28:19 y 20, que dicen: “Y que se predicara en su nombre la conversión para perdón de los pecados a todas las naciones, empezando desde Jerusalén”. (Lucas 24:47). “Y les dijo: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda la creación. El que crea y sea bautizado, se salvará; el que no crea, se condenará” (Marcos 16:15 y 16). En ninguno de estos dos pasajes finales de los evangelios de Lucas y de Marcos se hace referencia a un bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo. Tan solo el pasaje añadido por los trinitarios al evangelio de Mateo desentona con los correspondientes de Marcos, Lucas y los Hechos apostólicos que relatan que los apóstoles tan solo bautizaban en el nombre de Cristo Jesús. Por lo tanto, de los mismos evangelios se deduce que los apóstoles jamás conocieron el bautismo trinitario o en el nombre de tres diferentes personas; y por ende, tampoco en el nombre de ninguna organización religiosa.


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sábado, 15 de mayo de 2010


En el evangelio de los hebreos recopilado por Shem Tov en el siglo XII no figura el bautismo ni la fórmula trinitaria del mismo.
¿Conocieron los apóstoles
el bautismo trinitario? (1)


Por JOSE YOSADIT VON GOETHE


En la primera epístola de Juan, capítulo 5 y versículos 7 y 8, se ha leído tradicionalmente durante siglos el texto siguiente: “Tres son los que dan testimonio: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, y estos tres son uno”. Sin embargo, cuando en el siglo veinte comenzaron los eruditos a traducir directamente de los códices griegos más antiguos, de los que supuestamente se había tomado el precitado pasaje, se encontraron con la sorpresa de que allí no se mencionaba para nada al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; sino que, en lugar de ello, la frase decía textualmente: “Tres son los que dan testimonio: el espíritu, el agua y la sangre, y los tres convienen en lo mismo”. Evidentemente, la trinitaria Iglesia había adulterado el texto, posiblemente después de los tiempos de Jerónimo, autor de la oficial Vulgata latina. Las biblias protestantes, por tanto, tras su separación de la iglesia madre, llevaron impresa la misma adulteración literaria en la epístola de Juan. En la actualidad todas las versiones bíblicas, más acordes con los códices griegos, presentan corregido este concreto pasaje.

Sin embargo, no ha sucedido lo mismo con el texto del evangelio de Mateo en su capítulo 28 y versículos 19 y 20, donde hoy leemos: “Id, pues, y haced discípulos a todas las gentes bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándolas a observar todo lo que yo os he mandado”. Este pasaje sí figura en los códices griegos más antiguos, como el Vaticanus y el Sinaíticus (del siglo IV), si bien los rayos ultravioleta han detectado ciertas anomalías en este último manuscrito, al observarse que se han añadido pasajes en muchos lugares, al tiempo que se han borrado textos antiguos y escrito encima de ellos otros muy distintos para ajustarlos a las doctrinas eclesiásticas en boga. Es de observar que el códice Sinaíticus no menciona en absoluto multitud de textos que hoy recogen nuestras biblias (y que otros códices posteriores sí insertan), como los del evangelio de Lucas comprendidos entre los capítulos y versículos 9:51 a 18:14, aparte de otros muchos. Según los doctos, el evangelio de Lucas fue rellenado con textos recogidos del de Mateo, así como con ciertos añadidos, entre los que destaca la parábola del hijo pródigo.

El pasaje del evangelio de Mateo 28:19 con la expresión “bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo” está considerado por muchos analistas bíblicos tan espurio y trinitario como el que con justa razón fue suprimido de la epístola primera de Juan. Tres razones hacen llegar a esta conclusión; la primera es que el padre de la Iglesia, Eusebio de Cesarea, autor de la famosa Historia Eclesiástica, no la menciona en sus escritos cuando cita varias veces de este concreto pasaje del evangelio de Mateo, lo cual es sumamente raro en un escritor tan cuidadoso de los detalles bíblicos. La segunda razón es que en la copia del evangelio hebreo de Mateo recopilada de un manuscrito más antiguo en el siglo XIV por el médico judío Shem Tov no aparece la expresión bautismal ni trinitaria. El propio Jerónimo, que tradujo la Biblia al latín en el siglo IV, habla del evangelio hebreo de Mateo, cuyo original se hallaba en la biblioteca de Cesarea, según manifiesta. Y la tercera y definitiva razón es que los apóstoles no bautizaron ni mandaron bautizar en el nombre de las tres personas trinitarias, sino únicamente en el nombre de Jesús el Cristo, como se lee en los Hechos apostólicos.

Vayamos con la primera de las tres razones, la de que Eusebio de Cesarea no menciona el bautismo ni la fórmula bautismal trinitaria cuando cita de la porción que nos ocupa del evangelio de Mateo. Así, por ejemplo, en su obra “Demostración evangélica”, hallamos siete citas de Mateo 28:19 y 20 y en ninguna de ellas habla siquiera del bautismo. Siendo el bautismo algo tan básico en el cristianismo, no se entiende cómo Eusebio no lo incluye al citar, nada menos que siete veces en tan solo una de sus obras, del famoso pasaje evangélico de Mateo. Los especialistas bíblicos están de acuerdo en que, si Eusebio no menciona esta parte del pasaje evangélico, es porque en su tiempo no figuraba en los manuscritos.

He aquí dos de las citas de Eusebio: “Con una palabra y voz Él dijo a sus discípulos: ‘Id y haced discípulos de todas las naciones en Mi Nombre, enseñándoles a observar todas las cosas que yo os he mandado’” (Demostración evangélica, libro III, capítulo 6). La segunda cita: “’Id vosotros y haced discípulos de todas las naciones, enseñándoles que observen todas las cosas, las cuales yo os he mandado’. ¿A qué podría referirse Él sino a la enseñanza y disciplina del nuevo pacto?’” (Demostración evangélica, libro I, capítulo 5, 9). Así, pues, en ninguna de las citas que de Mateo 28:19 y 20 hace el padre de la Iglesia Eusebio de Cesarea figura la conocida fórmula trinitaria del bautismo que en nuestros evangelios leemos con la expresión “bautizándolas en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”.

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domingo, 9 de mayo de 2010


El año 1914 y el fin del
tiempo de los gentiles (18)


Por JOSE YOSADIT VON GOETHE


Al año 1914, que algunos estudiosos bíblicos consideraron en el siglo XIX como el del fin del tiempo de los gentiles, se llegaba en principio aplicándole 2.520 años solares al año 606 anterior a la era cristiana, que fue lo que principalmente hicieron Elliot y Seeley, apropiándose posteriormente de la idea el norteamericano Barbour, quien transmitió a Russell la doctrina de que el fin del tiempo de los gentiles concluía en 1914. Como resultó que entre el -606 y el 1914 mediaba un año menos de los 2.520, estudiantes bíblicos posteriores a Russell adelantaron el año -606 al -607 para que cuadrara el cómputo de años que se suponía duraban los tiempos de los gentiles.

John Aquila Brown fue el primero en establecer en 1823 que los tiempos de los gentiles duraban 2.520 años, en lugar de los 1.260 que hasta entonces habían aplicado los estudiosos que le precedieron. Así, Brown calculó, entre otras fechas, la que, partiendo del año -604 alcanzaba el 1917, y escribió que la gloria de Israel volvería en ese año. Como en 1917 Israel fue liberada de los turcos por el ejército inglés, muchos estudiosos se interesaron en este particular cómputo de años que parecía cumplir profecía bíblica. Elliot, Seeley y Barbour realizaron sus cálculos sobre la base de los 2.520 años de Brown. Y así fue que uno de los errores comunes a todos ellos consistió en que los 2.520 años los computaron como años solares de 365,25 días cuando lo apropiado hubiera sido computarlos como años proféticos de 360 días, que es lo que muchos habían hecho anteriormente cuando estimaron la duración del tiempo de los gentiles en 1.260 años proféticos y no solares.

El estudioso bíblico que, aplicando el cómputo de 1.260 años proféticos, que equivalieron a 1.242 años solares, mayor sorpresa causó fue Robert Fleming, hijo, quien en 1701 publicó su obra “El levantamiento y caída del Papado”, en la cual estimaba que para 1794 caería la monarquía francesa y la propia Francia haría eclipsar el “sol del Papado”. Durante casi cien años nadie prestó atención a las predicciones de Fleming; pero cuando en 1792 se proclamó la República en Francia y el rey estaba a punto de subir a la guillotina, algunos simpatizantes de la Biblia comenzaron a desempolvar la obra de Fleming y tomar sus declaraciones de un siglo atrás como verdadera profecía, máxime cuando en 1798 el Papa fue hecho prisionero por Napoleón. Por tal motivo, la fecha de 1798 fue tomada, especialmente por los adventistas, como la del comienzo del tiempo del fin del mundo. Barbour cambió la fecha a 1799 y la transmitió a Russell, quien a su vez la hizo asunto dogmático entre sus estudiantes, que durante décadas consideraron al año 1799 como el del comienzo del tiempo del fin. Posteriormente la consideración del año 1799 como comienzo del tiempo del fin fue movida a 1914, décadas después de que el 1914 transcurriera sin haber sucedido nada de lo que esperaban Russell y sus estudiantes, que era el fin de todos los gobiernos humanos por el Reino de Dios, el cual se establecería definitivamente en la propia Tierra. A principios de los años cuarenta también fue transferido a 1914, con carácter retroactivo, el concepto de la presencia invisible de Cristo en su Reino y el comienzo de su reinado milenario, que hasta entonces se estimaba que había acontecido en 1874.

Poco después de la muerte de Russell en 1916, el movimiento de Estudiantes de la Biblia por él fundado comenzó a segregarse en varios grupos, a raiz del nombramiento de J. F. Rutherford como dirigente de la Sociedad Bíblica Watchtower, de la que Russell era el primer accionista, si bien dicha sociedad no fue fundada por él, sino por W. H. Conley en 1881. Uno de los primeros grupos en abandonar fue el que giró bajo la denominación de “Instituto Pastoral Bíblico”, del que a su vez con el tiempo se separó otro que abrazó el complicado nombre de “Movimiento Misionero Hogar de los Hombres Legos” y que en la actualidad constituye uno de los grupos bíblicos más fuertes de entre los que se separaron del primitivo movimiento de Estudiantes de la Biblia.

Los miembros del Instituto Pastoral Bíblico adoptaron como fecha del fin del tiempo de los gentiles el año 1934, dado que se demostró que Jerusalén no había sido destruída en el -607, sino en el -587, y por tanto los 2.520 años había que calcularlos a partir de ese año -587, con lo que se llegaba a 1934, lo cual publicaron masivamente en su revista “El Heraldo del Reino de Cristo”. Durante años los tres grupos, el de los Estudiantes de la Biblia, el del Instituto Pastoral y el de los Hombres Legos entraron en debate sobre las fechas de 1914 y 1934, que cada cual defendía en su respectiva publicación. Pasado el 1934 y no habiendo sucedido lo que se esperaba, tal como ocurrió en 1914, los debates fueron abandonados. La fecha de 1934 desapareció del escenario. No así la de 1914, que algunos grupos continúan defendiéndola a capa y espada, a pesar de que ya ha transcurrido cerca de un siglo.


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viernes, 30 de abril de 2010


El año 1914 y el fin del
tiempo de los gentiles (17)

Por JOSE YOSADIT VON GOETHE


El adventista Nelson H. Barbour fue el primero en asegurar en 1875 que la destrucción de Jerusalén por Nabucodonosor aconteció en el año 606 antes de nuestra era, en lugar de en el -587, año este último demostrado por multitud de pruebas, tanto históricas (lista de los reyes de Uruk, Canon Real…) como arqueológicas (crónicas reales en decenas de miles de tablillas) y astronómicas (tablillas babilónicas de diarios astronómicos). Se demuestra asimismo sobre la base de los 66 años de reinado de los cinco monarcas babilónicos desde Nabucodonosor hasta Nabonido, en cuyo año 17, que correspondió a nuestro -539, cayó Babilonia. Si a este último año le sumamos los 66 que en conjunto gobernaron los cinco reyes neobabilónicos Nabonido, Labashi Marduk, Neriglisar, Evilmerodac y Nabucodonosor, llegamos al año -605, en que Nabucodonosor ascendió al poder tras la muerte de su padre, Nabopolasar, quien reinó 21 años, desde el -625 hasta el -605 inclusive, como está documentado por las tablillas de la época y por los listados de los historiadores.

Barbour trasmitió al estudioso bíblico Charles T. Russell la creencia de que Jerusalén fue destruída en el -606, que Russell aceptó en 1876 sin sopesar la evidencia histórica. Sobre la base del año -606, expositores bíblicos anteriores a Barbour, tras considerar que la hipotética duración del tiempo de los gentiles se extendía por 2.520 años, habían llegado a la conclusión de que dicho tiempo concluía en 1914, aunque por error computaron un año menos. El año -606 lo consideraban los predecesores de Barbour como el de la subida al trono de Nabucodonosor, no como el de la destrucción de Jerusalén, ya que la misma la aceptaban como acaecida en el -587.

A fin de corregir el error de un año en el cálculo de la duración del tiempo de los gentiles, estudiantes bíblicos posteriores a Russell adelantaron la destrucción de Jerusalén al -607 para no alterar la fecha establecida de 1914. Tales estudiantes, para justificar la discrepancia existente entre las fechas del -607 y del -587, adelantaron los sucesos históricos 20 años. Así, la subida al trono de Nabucodonosor y la batalla de Karkemis la mudaron sin base científica del -605 al -625, y el ascenso de Nabopolasar lo adelantaron del -625 al -645, por lo que también se obligaron a situar la caída de Nínive en el -632 en lugar de en el -612, año éste que también puede documentarse con exactitud partiendo retrospectivamente de la fecha absoluta del -539.

Algo que indirectamente corrobora el año -587 y no el -607 como el de la destrucción de Jerusalén es la cronología egipcia de la dinastía 26 o periodo Saíta, que sincroniza a la perfección con la neobabilónica de los reinados de Nabopolasar, Nabucodonosor y otros. La cronología egipcia de esa época, demostrada de la máxima exactitud por los investigadores, está en completo desacuerdo con el adelanto de 20 años que estudiantes bíblicos dan sin más a la cronología babilónica, a no ser que los mismos estudiantes adelanten igualmente 20 años la cronología egipcia del periodo Saíta para que cuadre con el postulado de que la duración del tiempo de los gentiles es de 2.520 años y se extiende del -607 al 1914. Consideramos dos importantes sincronismos o simultaneidades de fechas que advierten los historiadores entre la cronología egipcia del tiempo del faraón Necao y la babilónica del tiempo de Nabopolasar y Nabucodonosor.

El primer sincronismo se relaciona con la muerte del rey judío Josías a manos del faraón Necao II, que el libro de Jeremías llama Nekó. Por el estudio de las fechas de las sepulturas de los bueyes sagrados egipcios y por el entramado de fechas absolutas establecidas desde el tiempo del rey persa Cambises hacia atrás, los historiadores, tal como determinaron que la caída de Babilonia aconteció en el año -539, igualmente fijaron las fechas de los reinados de los faraones de la dinastía 26, entre ellos las correspondientes al faraón Necao II, que reinó desde el -610 hasta el -595. Como los Estudiantes de la Biblia adelantaron 20 años el reinado de Josías, resulta que la muerte del rey de Judá aconteció para ellos en el año -629, cuando por las cronologías independientes de Egipto y de Babilonia se deduce que fue en el -609.

Un segundo sincronismo se halla en la batalla de Karkemis, en la que Nabucodonosor derrotó al faraón Necao, hecho que la Biblia sitúa en el año cuarto de Yoyaquim, hijo de Josías. Ese mismo año murió Nabopolasar y ascendió su hijo Nabucodonosor. El año en cuestión fue el -605, que la evidencia histórica señala como el año en que tuvo lugar la batalla de Karkemis. Sin embargo, al adelantar 20 años los hechos, los Estudiantes de la Biblia colocaron dicha batalla en el año -625, cuando reinaba en Egipto Psamético I y no el faraón Necao. Otros sincronismos entre ambas genealogías también dan la razón absoluta a los historiadores. Y, dado que por una y otra se establece que Nabucodonosor subió al trono en el -605, el año 18 de su reinado, como especifica la propia Biblia, correspondió al -587, en que destruyó Jerusalén y su Templo.
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sábado, 24 de abril de 2010


El año 1914 y el fin del
tiempo de los gentiles (16)


Por JOSE YOSADIT VON GOETHE


Puesto que la caída de Babilonia aconteció en el año 539 antes de nuestra era, mientras el soberano de su imperio, Nabonido, reinaba en su año 17, fácilmente se deduce que el primer año de Nabonido fue el -555, habiendo sido el de su ascenso el -556, en lo cual están de acuerdo todos los historiadores. También están acordes los historiadores en que Nabonido sucedió a Labashi Marduk, que reinó tan solo dos meses (año -556); éste a su vez sucedió a Neriglisar, que reinó 3 años y ocho meses (entre el -559 y el -556); a su vez Neriglisar sucedió a Awel Marduk o Evilmerodac, hijo de Nabucodonosor, que reinó 2 años (-561 y -560); a su vez Evilmerodac sucedió a su padre Nabucodonosor II, que reinó 43 años (del -604 al -562, ambos inclusive); y, por último, Nabucodonosor había sucedido a su padre Nabopolasar, que reinó 21 años (del -625 al -605, ambos inclusive).

Todos los anteriores reinados están confirmados, aparte de por la lista de los reyes de Uruk, el Canon Real y otros documentos, por decenas de miles de tablillas de barro descubiertas en tierras de la antigua Babilonia, entre las que figuran los diarios astronómicos, los documentos mercantiles y las inscripciones reales. De entre estas últimas podemos destacar la crónica Nabón 24 o inscripción de Adad-Guppi, de la que se habló en un capítulo anterior y que cubre un periodo de 104 años, desde el año 20 de Asurbanipal hasta el año 9 de Nabonido, mencionándose en la inscripción todos los reyes que gobernaron, los dos primeros en Asiria y los otros seis en Babilonia, en ese espacio de tiempo de 104 años, y cuyo listado de los monarcas babilonios coincide fielmente con las listas de los antiguos historiadores y cronistas, como Beroso y Ptolomeo. Esta crónica, al igual que los diarios astronómicos babilónicos, que señalan posiciones estelares que no vuelven a repetirse en muchos miles de años y que los modernos programas de astronomía han verificado como exactos (por lo que hoy día puede calcularse el año, mes y día al que se refieren), no dejan lugar para insertar, entre Nabopolasar y Nabonido, otros reyes que no sean los que se relacionan. Y tal lista de soberanos es coincidente con lo especificado en las tablillas de transacciones comerciales, en cuyos documentos se detallan los nombres de los reyes vigentes y sus tiempos de reinado.

Otra de las crónicas a destacar es la Nabón 8 o Estela de Hillah, si bien para su interpretación cabal se hace obligado acudir paralelamente a la Crónica 3 ó B.M. 21901. La inscripción de la Nabón 8 se refiere al año de ascenso (-556) de Nabonido. El texto indica que el templo de Ehulhul en la ciudad de Harán llevaba 54 años en ruinas desde que lo destruyeron los medos. Si tenemos en cuenta que el año de ascenso de Nabonido fue el -556, cincuenta y cuatro años atrás nos llevan al -610, es decir, hemos de contar retrospectivamente, a partir de Nabonido: los dos meses de reinado de Labashi Marduk, los 3 años y 8 meses de Neriglisar, los 2 años de Awel Marduk o Evilmerodac y los 43 años de Nabucodonosor. Ello nos da casi 49 años de reinado de cuatro monarcas anteriores a Nabonido, con lo cual llegamos al año de ascenso de Nabucodonosor, en el -605. De 49 a 54 nos faltan 5 años, que son los que van desde el -605 hasta el -610, con lo cual entramos en el reinado de Nabopolasar, concretamente en su año 16. ¿Es correcta dicha atribución? Sin duda alguna, ya que precisamente la estela Crónica 3 declara específicamente que en el año decimosexto de Nabopolasar los medos capturaron y arruinaron la ciudad de Harán y se llevaron el botín del templo. La Nabón 24 también indica que el suceso fue protagonizado “en el año 16 de Nabopolasar”.

La estela Nabón 8, como la Nabón 24, no deja lugar para la inserción de monarca alguno entre Nabopolasar y Nabonido. Ni mucho menos deja espacio para encajar 20 años de reinado adicionales de uno o varios supuestos reyes que no sean los que menciona la Nabón 24. Al considerar que Jerusalén fue destruída por los babilonios en el año -607 y no en el -587, como se desprende del estudio concienzudo de las innumerables tablillas descubiertas, muchos literalistas bíblicos dan pie para afirmar ciegamente que a la historia del imperio neobabilónico, es decir, entre Nabopolasar y Nabonido, le faltan 20 años del reinado de algún rey. Sin esos 20 años no les cuadra la afirmación de que la duración del tiempo de los gentiles se extiende desde el -607 hasta el 1914, fecha esta última de establecimiento dogmático, debido a una errónea creencia del adventista Nelson H. Barbour en 1875. Pero, por la Biblia misma, sabemos que la destrucción de Jerusalén acaeció en el año 18 de de Nabucodonosor, que la evidencia histórica, arqueológica y astronómica sitúa en el año -587. Para poder ubicar el acontecimiento en el -607, los literalistas se obligaron a adelantar 20 años el curso de la Historia, con lo que acumularon error sobre error. Y todo por el falso razonamiento de un adventista de finales del siglo XIX.


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