lunes, 25 de enero de 2010


El año 1914 y el fin del
tiempo de los gentiles (7)


Por JOSE YOSADIT VON GOETHE


Durante siglos, entusiastas de la interpretación bíblica creyeron calcular correctamente la duración del llamado “tiempo de los gentiles”. La expresión está tomada de las palabras del evangelio de Lucas, donde Jesucristo menciona que “Jerusalén será pisoteada por los gentiles hasta que se cumpla el tiempo de los gentiles”. Los judíos llamaban gentiles a las gentes de las demás naciones.

Si bien los judíos no se acogieron al texto evangélico, sin embargo sí pretendieron calcular el tiempo en que aparecería el Mesías, partiendo de la interpretación de las profecías de Daniel. Para calcular la hipotética duración de ese tiempo, los expositores o estudiosos bíblicos judíos aplicaron la regla de “un año por cada día”, la cual tomaron del libro de Números, capítulo 14, donde se les castiga a los israelitas a vagar por los desiertos durante cuarenta años, a razón de un año por cada día que los enviados por Moisés anduvieron espiando la tierra prometida.

Se tiene constancia de que el rabino Akiva ben Joseph, hacia principios del siglo segundo, fue el primero en establecer la regla de “un año por un día” para calcular el tiempo de la llegada del Mesías que los judíos esperaban. A partir del siglo noveno, otros rabinos aplicaron la regla a las profecías de Daniel, que hablan de 1.290, 1.335 y 2.300 días respectivamente, días que los rabinos elevaron a años, al cabo de los cuales se suponía que aparecería el Mesías. Estos cálculos se extendieron hasta el mismo siglo XIX, sin que en ninguna de las fechas establecidas aconteciera la esperada llegada del libertador de Israel. Evidentemente, los cálculos fallaron debido a que no fueron más que simples conjeturas numéricas, sin base bíblica alguna. A pesar de ello, los estudiosos cristianos tomaron el relevo y continuaron con los infundados cálculos, esta vez para establecer el año de la segunda venida de Cristo y, concretamente, la duración del tiempo de los gentiles.

Los expositores cristianos se basaron en otros cálculos para determinar la duración del tiempo de los gentiles. Así, hacia el año 1190, el abad cisterciense Joaquin de Fiore fue el primero que aplicó el pasaje de Apocalipsis 11, donde se habla de que “dos testigos profetizan 1.260 días vestidos de sayal”. Para Fiore, que también aplicó la regla de “un año por un día”, estaba claro que esos 1.260 días finalizarían en 1260, partiendo del supuesto año del nacimiento de Jesús de Nazareth. En 1260 comenzaría la que él dio en llamar “edad del espíritu”.

Los 1.260 años de Fiore sirvieron de base a otros expositores bíblicos a partir del siglo XIV, como Walter Brute, Lutero y otros reformadores protestantes. En 1701 el pastor escocés Fleming, hijo, basándose en el cálculo de los 1.260 años, adelantó que el tiempo de los gentiles finalizaría en 1794. Como se dio la circunstancia de que en ese año se estaba en plena Revolución francesa, el estudio de Fleming fue interpretado como muy acertado por todos los comentaristas bíblicos, quienes, tras la toma del poder por Napoleón en 1799, sentaron el precedente de que el año 1799 fue el del fin del tiempo de los gentiles y el del comienzo del “tiempo del fin” para la sociedad humana. El año 1799 fue aceptado sin más por los diferentes grupos apocalípticos, que comenzaron a anunciar el fin de las edades a partir de esa fecha. Entre los expositores más notables del siglo XIX figuraban J. Aquila Brown, William Miller (fundador del adventismo), E. Elliot, R. Seeley, N. H. Balbour y C. T. Russell. Especialmente Barbour y Russell creyeron firmemente que el tiempo del fin había comenzado en 1799, si bien tomaron como base para calcular la duración del tiempo de los gentiles, no los 1.260 años que otros habían computado, sino el doble de los mismos, es decir, 2.520 años.

¿En qué se basaron estos últimos para establecer que la duración del tiempo de los gentiles era de 2.520 años y no de 1.260? En las escrituras de Daniel, capítulo 4, que relata el sueño que tuvo el rey Nabucodonosor II de Babilonia, así como la interpretación de dicho sueño por el profeta. Nabucodonosor vio en sueños un árbol inmenso que alcanzaba el cielo. El árbol fue cortado y la parte inferior del tronco se dejó en pie, aunque circundada por ataduras de hierro y cobre, permaneciendo en tal estado durante siete tiempos. Daniel interpretó el sueño aduciendo que el árbol representaba al propio Nabucodonosor, quien por siete tiempos sería arrojado del trono y conviviría con las bestias salvajes; finalizados esos siete tiempos, que siempre se han estimado como siete años o 2.520 días proféticos, el rey volvería al trono. Como si esta interpretación de Daniel no bastara, los estudiosos cristianos la extendieron, sin base lógica, al “tiempo de los gentiles” de los que habló Jesucristo, por lo que, aplicando la vieja regla de “un año por un día”, calcularon que los 2.520 días equivalían a 2.520 años. Se suponía que tales años eran proféticos, de 360 días, y no solares, de 365; sin embargo calcularon erróneamente los años proféticos como solares al aplicarlos en la corriente del tiempo.

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